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LOS 10 ACUERDOS

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-HERRAMIENTAS DE LOS CÍRCULOS DE HOMBRES –


El círculo de hombres es un espacio seguro de respeto y escucha en el que sentimos que podemos abrirnos a compartir en vulnerabilidad y profundidad entre hombres.

Conseguimos crear este ambiente aplicando acuerdos ancestrales adaptados a los tiempos de hoy. ¿Cuáles son estos acuerdos? Te los comparto aquí tal como los utilizo en los círculos que facilito, para que puedas incluso adaptar todos o algunos de ellos a tus propias reuniones 😉


  1. Confidencialidad. 

Establecemos el compromiso de que lo que se habla en el círculo, se queda en el círculo. No voy a compartir con otras personas lo que mis compañeros de círculo han expresado sobre sus vivencias o emociones. Puedo compartir cómo me he sentido en el círculo, cómo siento que me está ayudando o incluso los temas que salen, pero no comparto las vivencias individuales de los compañeros. Esto es fundamental para crear ese espacio seguro en que puedo abrirme a compartir desde la vulnerabilidad.

  1. Turno de palabra

Solo habla uno, y no interrumpimos. Esto crea una sensación de que soy escuchado, de que mi palabra sí tiene importancia y de que tengo mi espacio para compartir. Es algo que a menudo no sentimos en las reuniones con familia o amistades. 

  1. No es terapia

Este espacio no es una terapia grupal, por tanto no hay nadie (tampoco el facilitador) que me vaya a dar solución a mis problemas o aconsejarme sobre mi caso particular. Es un espacio de escucha profunda. Esto nos enlaza con el siguiente acuerdo:

  1. No doy consejos

No es terapia, por lo tanto no intento “arreglar” al otro. Esto crea un ambiente en que me puedo sentir más seguro para abrirme a compartir en profundidad. ¿Por qué? Porque no me siento juzgado. En cambio, si siento que alguien tiene la potestad de darme consejos u opinar sobre mi caso particular, puedo sentirme fácilmente juzgado, porque para opinar o aconsejar primero el otro debe “valorar” mi vivencia, lo que es lo mismo que juzgarla. Por tanto, en este espacio puedo poner mis emociones y vivencias encima de la mesa, y esperar recibir únicamente respeto y escucha profunda.

*Hay una excepción a este acuerdo, y es si un participante pide expresamente apoyo o consejo sobre lo que está viviendo.

  1. Hablo en primera persona – hablo desde el yo

No generalizo “es que a los hombres nos pasa que…”  “es que las mujeres nos hemos sentido…”  y tampoco utilizo pronombres que salen de la primera persona “Es que cuando uno se siente…”  “Lo que pasa es que cuando nos vemos…”

Hablo siempre desde el yo, tomando la responsabilidad de mi propia historia y de mi propia vivencia emocional. “Yo siento…” “Yo me he sentido” “Me pasa que cuando…” “Me pasó que… y me sentí….”

  1. Voy a la esencia

No me voy por las ramas ni adorno los temas. Tampoco caigo en el pensamiento de que necesito contar toda la historia pasada sobre un tema para que se entienda cómo me siento. La invitación es a compartir cómo me siento, de forma concreta y directa, o lo que estoy viviendo, o lo que he vivido, pero siempre asociado a algo presente, a una emoción o situación que estoy transitando ahora.

  1. Me abro a la experiencia

Pruebo a bajar las corazas, a relajar las defensas y a estar con mi corazón abierto en el espacio compartido. Pruebo a compartir de formas que no son comunes para mí, aprovecho el espacio. Lo que entregue será lo que reciba.

  1. No juzgo / observo mi juicio

Juzgar es algo que la mente suele hacer automáticamente, en base a los filtros y creencias que aún conservamos. La invitación es a no hacer uso de esos juicios para determinar cómo es la persona que está hablando o que tengo al lado. Más bien observo qué juicios me surgen, qué cosas me molestan o me remueven, para darme cuenta de qué creencias necesito revisar.

  1. Salir de mi zona de confort

Está claro que si estoy aquí quizás ya he salido de mi zona de confort. Sin embargo la invitación es a compartir de formas que supongan un cierto reto para mí. Por ejemplo, si estando en grupo suelo ser el centro de atención y me gusta hablar sin parar, se me invita a observar qué pasa en mí si escucho más y hablo menos, y trato de ser breve y concreto cuando llega mi turno. Si por el contrario estoy en grupo y me quedo siempre en segundo plano, y no hablo a no ser que me pregunten directamente (vergüenza, miedo a la exposición,…), entonces la invitación es a dejar fluir mis palabras en mi turno, de forma que pueda escucharme a mí mismo y sienta válido mi compartir.

  1. Escucha activa

Quizás uno de los mayores retos: escucho dejándome tocar por las palabras, sin estar fabricando respuestas para cuando me toque hablar. Salgo del plano mental. Abro mi corazón. Si aparecen -que siempre aparecen- esos pensamientos con los que conecto, que me recuerdan cosas que me gustaría compartir cuando me toque, los observo, y pruebo a soltarlos diciéndome a mí mismo: “Si es importante para el grupo, me volverán a venir cuando me toque hablar. Ahora quiero escuchar con todo mi Ser.”

También puede ser útil tener papel y bolígrafo cerca, y anotar palabras clave que se nos despiertan, para poder sacarlas en mi turno si así lo siento, o revisarlas más tarde conmigo mismo.


Obviamente solo podrás experimentarlo si vas a un círculo de hombres o implementas estas herramientas en tus propias reuniones con amigos, familiares, alumnos…  Otro paso, que también está comenzando a darse, es compartir estos espacios de forma mixta entre hombres y mujeres. Puede ser profundamente sanador, y también bastante delicado.

Cuéntame tus opiniones: ¿has estado ya en un círculo de hombres? ¿Te gustaría probar? ¿Crees que se podrían añadir más acuerdos para crear un ambiente de escucha más profundo?

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